Soy Maribel Ariza, creadora de Esencia de Yoga y líder del equipo “Oil Divinity”. Pronto hará un año que vivo en Aberdeen, Escocia.  Los que me conocéis sabéis que tuve que tomar decisiones en mi vida por las que dejé atrás muchas de las cosas que amaba. He vivido momentos muy duros desde entonces, la buena noticia es que he encontrado el espacio interior que necesitaba para entender y superar mis bloqueos.  Después de un intenso trabajo interno, hoy puedo decir que siento la sanación de mi alma a niveles muy profundos.  Aunque soy consciente de que todavía tengo mucho trabajo por hacer, definitivamente siento que estoy en el camino de alcanzar aquello para lo que Dios me creó.

Puede que mi forma de hablar te resulte algo mística, así que ya de entrada te digo que si no vibras con esa onda seguramente no vayas a entender mi mensaje. Aunque no lo creas, también soy muy rigurosa y amo la ciencia. Cuando la vida comenzó a enviarme señales de que algo en mi no estaba bien, mi forma de solucionarlo fue matricularme en la Universidad para Estudiar Psicología. Necesitaba respuestas y mi primera opción fue acudir a la ciencia. Pero te voy a hablar de esa etapa de mi vida más tarde. Estoy aquí para contarte mi historia personal y porqué siento haber recibido el gran regalo divino que va a hacerme llegar a mi destino más alto. Empezaré por el principio.

Nací en Terrassa, una ciudad industrial de la provincia de Barcelona, hace casi 41 años. Fui la primera de los 3 hijos de una joven pareja de humildes emigrantes andaluces que me recibieron como un auténtico regalo del cielo. No en vano llegué a este mundo para  alegrar sus corazones y devolver la esperanza a toda la familia. Cuando mi madre estaba en sus primeras semanas de embarazo, su hermana de 18 años se suicidó tirándose por el balcón de su casa y a penas un par de meses más tarde mi padre se las tuvo que ver de frente con la muerte en el hospital por una infección pulmonar muy grave. Imagino los momentos tan duros que tuvo que atravesar mi madre, su dolor, su miedo, su incertidumbre, su deseperación… Pero Dios la hizo muy fuerte, al igual que a mi, y juntas lo superamos. A pesar de un parto muy largo y difícil, nací y crecí siendo una niña sana y robusta. Aunque eso si, marcada por todas aquellas emociones con las que mi madre me había alimentado en su vientre. Triste, solitaria, llena de complejos e inseguridades, aunque con un carácter fuerte y rebelde. Desde muy pequeña dejé bien claro que había venido a este mundo a romper con lo viejo en favor de lo nuevo. No me conformaba con simplemente obedecer las normas de otros, no me importaba rechistar si no estaba de acuerdo en algo, ya fuera en el colegio, en casa, y más tarde también en el trabajo…

Fuí una niña muy creativa, autónoma e independiente. Voluntariosa y muy disciplinada. Leía todo lo que caía en mis manos, escribía diarios y cartas de amor (recuerdo estar enamorada siempre de forma platónica, aunque no esperaba ser correspondida, esos sentimientos eran mi gasolina para escribir y soñar. Hija responsable y excelente estudiante, aunque mis padres jamás me premiaron por ello, decían que esa era mi obligación.

Cuando llegó la hora de elegir carrera no tenía muy claro lo que quería hacer con mi vida. Desde muy pequeñita había ido a clases de baile y me maravillaba el mundo de las artes escénicas y la interpretación. Se me metió en la cabeza que quería ser actriz. Devoraba películas hasta altas horas de la madrugada y me fascinaba la idea de poder meterme en la piel de todos aquellos personajes tan distintos. Cuando les comenté la idea a mis padres ya se encargaron ellos de quitarme las ganas: eso no es una carrera de provecho, te vas a morir de hambre, mejor estudia otra cosa… Pero yo me fui a la Escuela de Interpretación en un acto de rebeldía y pedí la solicitud de ingreso. Cuando me informaron de todos los requisitos para entrar en el proceso de selección me entró el pánico: tenía que leerme varias obras de teatro y estudiar algunos guiones (eso era lo de menos) pero después tenía que pasar las pruebas de interpretación, canto y danza. Con la iglesia hemos topado, pensé. Me abrumé, me invadió el miedo, el pánico, el sentimiento de inferioridad “yo no soy lo suficientemente buena” , “voy a hacer el ridículo” y por otro lado volvían a mi mente las palabras de mis padres “piensa en algo más realista con lo que puedas ganarte bien la vida”.

Ganarse la vida, con ese mantra me estaban educando. La vida es dura, no hay opciones para los pobres, estudia una carrera, busca un buen trabajo. El caso es que era una estudiante ejemplar, aunque en el último año antes de la Universidad había empezado a salir y disfrutar un poco de la vida, con lo que mi expediente había bajado un poquito la media. Aún  y así, saqué una buena nota en selectividad y podía acceder a cualquier carrera que quisiese. Pero yo no lo tenía nada claro, no me apetecía pasar mis años de loca juventud en la biblioteca estudiando una aburrida carrera, no sentía pasión por nada en especial. En el Instituto organizaron una visita al Saló de l’Ensenyament, una feria de Educación Superior en Barcelona, y allí conocí los estudios de Turismo. Asignaturas muy variadas, idiomas, realización de prácticas en empresas, y lo mejor, la posibilidad de viajar al extranjero. Allí saltó la chispa. Lo más lejos que me habían llevado mis padres de vacaciones había sido al pueblo, en Málaga, y yo ansiaba ver mundo y conocer gente. A mis padres, que por aquel entonces ya estaban en el negocio de la hostelería, les pareció buena la idea. Aunque no les hizo ninguna gracia cuando al finalizar el primer curso les dije que me iba a pasar el verano de prácticas a Mallorca. No les quedó otra que aceptar, aunque eso sí, aprovecharon la oportunidad para venir a verme en el que su primer viaje en avión.

El segundo año apunté más lejos y decidí irme a Canarias, a la isla de Fuerteventura. Allí tuve mi primera experiencia laboral de verdad. Aunque fuimos un grupo de estudiantes a hacer prácticas, algunos decidimos quedarnos 3 meses más con contrato de trabajo. A mi me tocó en el restaurante y se me daba genial, era una máquina recogiendo platos y remontando mesas. Compartía habitación de empleados en el mismo hotel con una compañera. Allí no había gritos de mis padres, ni discusiones, ni peleas con mis hermanos. La isla era un remanso de paz y calma, infinitas playas paradisiacas y chicos guapísimos haciendo surf. Total libertad para hacer lo que me diera la gana y mi propio dinero para no tener que rendir cuentas a nadie.  Un día le dije a mi madre por teléfono que no quería volver a Terrassa, que me estaba planteando acabar los estudios en la Escuela de Turismo de las Palmas. Pobre, casi le da un ataque. Aún y así cedió a que pasara allí unos meses más con la condición de que volviera a casa antes de Navidad. Y así fue. Pasada la temporada alta aquello también empezó a apagarse y la voz de mi conciencia me decía que había llegado el momento de volver y acabar los estudios en Barcelona.

El tercer curso me lo pasé organizando mi salida al extranjero, ya no buscaba hacer prácticas, lo que quería era irme de casa y tener una experiencia de vida real en otro país. Nunca nadie había hecho antes nada igual en mi familia . Si bien mis padres emigraron desde Andalucía a Cataluña, lo hicieron con sus familias. Yo quería ir sola. Bueno, sola no, me acompañaba mi amiga del alma, Begoña, con la que también había estado en Fuerteventura. Queríamos las dos lo mismo, irnos muy, muy  lejos… y miramos Australia! Demasiado complicado, de entrada nos pedían tener un dinero en la cuenta bancaria del que ninguna de las dos disponíamos. Entonces pensamos en ir a Estados Unidos… bufff!! Demasiada burocracia y problemas de visado, si no tienes trabajo, no entras. Y no queríamos arriesgarnos a ir a la aventura en plan Turista. Así que la opción final fue Londres!!! Que puedo decir de Londres que no se sepa ya. Tenía 21 añitos y ganas de comerme el mundo. Allí pude sentir por primera vez que en esta vida todo es posible, que somos capaces de conseguir todo lo que nos propongamos. Tuve varios trabajos, los primeros una basura, pero aprendía tanto… me divertía,perfeccionaba el idioma y además me financiaba la estancia en el extranjero. ¡Qué más podía pedir?Hasta que un día Begoña me dice que quiere volver a España. Yo no tenía ni la más mínima intención de irme con ella, así que aproveché la oportunidad para replantearme lo que yo realmente quería.  Siempre tuve muy claro que yo me merecía lo mejor, entonces, ya puestos a servir a otros en la hostelería, me propuse servirlos al más alto nivel. Y todo se dio de la forma más perfecta para mi. Encontré una familia estupenda que me acogió como una más, incluso me llevó a trabajar con ellos a los lugares más increíbles con una de las compañías de catering Top del momento. Algunos días trabajaba más de 16 horas, pero tenía la motivación y la energía suficientes. Ganaba un buen dinero en comparación con otras chicas de mi edad, y me lo gastaba todo, ropa, viajes, fiestas… Mis prioridades entonces eran descubrirme y descubrir. Me enamoré perdidamente de alguien que no sentía lo mismo por mi, aunque al final resultó ser un gran amigo, hoy en el cielo. Conocí gente increíble y forjé amistades que a día de hoy son las más auténticas y sinceras que conservo. Pero lo mejor y más importante, es que allí conocí al padre de mis hijas. Fue todo muy rápido y surrealista. En medio de esa vorágine de vida que llevaba, de repente conozco a un chico escocés tímido, cocinero de profesión, sencillo y humilde que me hace sentir lo que jamás nadie había hecho. Me dio una sacudida tremenda y de pronto empezaron a invadirme los sentimientos de responsabilidad y planes de futuro que hasta la fecha no había tenido. La historia sentimental de mi vida estaba marcada por un rechazo tras otro, siempre me encandilaba el chico más malo, el más guapo, el más popular…el que nunca se fijaría en mi. Cuando de repente alguien me mira tan limpio, me abre su corazón con tanta sinceridad y me estrecha entre sus brazos con tanta ternura….entiendo que eso es realmente lo que quiero en mi vida, amor. El amor mueve montañas, dicen, y vaya si nos movimos. A los 3 meses de conocernos, nos fuimos a vivir a Barcelona y antes del 6o mes firmamos la hipoteca del piso. Los dos teníamos muy claro lo que queríamos, desarrollar una carrera profesional en el mejor hotel de la ciudad, el Hotel Arts de Barcelona.  Yo preparé los curriculums de los dos. El no hablaba ni pizca de español, pero eso no le paralizó,  siendo cocinero no tenía que hablar con la comida, decía, y ya se haría entender con los jefes y compañeros de alguna manera. El hecho es que él consiguió trabajo antes que yo en un buen hotel, no era el Arts, pero por algo se empieza, y al mismo nivel que tenía en su país, como jefe de partida. Yo entré a trabajar como telefonista del mismo hotel poco tiempo después, y me dejaba la piel cada día atendiendo la centralita (en aquel entonces manual)además de apoyar a los departamentos de Recepción y Reservas en todo lo que podía y más. Yo quería que todo el mundo viera  de lo que era capaz, y si me pedían 10, yo daba 20. Pero me di cuenta que el que tenía el mejor puesto no era ni el que más ni el que mejor trabajaba, si no el que mejor se vendía. Yo tenía una ambición muy grande por desarrollar mi carrera y llegar a lo más alto en la industria, pero yo no me estaba divirtiendo por el camino. Lo hacía todo con demasiada rigidez y con un alto nivel de exigencia, como si estuviera lidiando una lucha, una batalla una carrera hacia no se muy bien dónde.  Y de ahí me dieron la primera bofetada. Mi super ego pudo con la super woman y cuando llegó la hora de hacerme fija, me comunicaron que no iban a renovarme el contrato. Después de más de dos años de duro trabajo, había perdido mi batalla.

En ese momento estaba planeando mi boda, tenía mi piso en plena reforma y un montón de gastos encima. El despido, aunque fue un jarro de agua fría, me lo tomé como que un trabajo mejor me estaba esperando. Y así fue, en pocas semanas estaba trabajando como agente de reservas en el Hotel Princesa Sofía de Barcelona. Empecé con muchísima ilusión por el paso que ese puesto suponía en mi carrera,  pero no me integré en el equipo, ni siquiera superé el periodo de prueba. Otra vez estaba en la calle a menos de 3 meses de mi boda. No entendía lo que me estaba pasando, yo me esforzaba por dar el mejor servicio a los demás, por ser excelente en mi trabajo, pero algo fallaba. Sentí un gran vacío en mi interior y empecé a acudir a la consulta de una psicóloga para que me ayudara a encontrar una solución a mi problema, yo necesitaba entender porque no era capaz de adaptarme a la sociedad. Vi que el proceso iba a ser muy largo y caro, así que me plantée estudiar Psicología y buscar por mi cuenta.

Derramé muchísimas lágrimas de impotencia y rabia, no estaba dispuesta a pasar otra vez por la humillación del rechazo, así que me refugié en el negocio familiar y a la vez, me matriculé en la Universidad a distancia. Al mismo tiempo, a mi marido le llamaron del Hotel Arts y tras un interminable proceso de selección, le dieron el trabajo. Por lo menos uno de los dos estaba haciendo su sueño realidad. Para mi fue reconfortante en aquellos momentos sentir el calor de los míos, pero pronto entendí que no podía trabajar con mis padres y mi hermano por mucho tiempo. No hacían más que discutir por cualquier cosa y armar espectáculos vergonzosos delante de los clientes por no saber lidiar con sus diferencias de otra manera distinta a como lo habían hecho mis padres en casa, siempre  a voces y faltándose el respeto. Ahí descubrí la adicción a las drogas de mi hermano y los malos hábitos de vida de mi padre, juego, alcohol, sexo… y mi madre parecía no darse cuenta de nada. Solo trabajaba y dormía, 7 días a la semana. Habían comprado una casa más grande y bonita, dos coches nuevos, me habían pagado buenos estudios y colmado de todos los caprichos desde que empezaron su aventura empresarial. Pero los veía tremendamente cansados e infelices. La bomba no tardó en estallar y una tarde se presentaron mis tíos en casa como locos en busca de mi padre. No se me olvidará jamás la cara descolocada con la que se levantó mi padre de la siesta al escuchar a mi tío gritar “que le has hecho a mi niña cabrón hijo de puta, te voy a reventar!!” Nos quedamos todos atónitos, mi tía (la hermana de mi madre) encima añadió “lo que no has podido hacer conmigo querías hacerlo con ella”… Fue una escena muy desagradable que gracias a Dios mis hermanos y yo supimos gestionar para que no cayera en mayor desgracia. Yo me casaba en una semanas. De aquella, mi madre pidió el divorcio, mi padre se fue a vivir a pueblo y mis tíos decidieron apartarse de toda la familia. Mi padre lo negó todo siempre, no había ninguna evidencia de nada y nunca pudimos escuchar la versión de mi prima, pues mis tíos eligieron protegerla impidiéndole hablar con nosotros.  Yo no permití que aquello arruinara el que iba a ser el día más feliz de mi vida y seguí adelante con mi boda. Conseguí una vez más borrar de la memoria de todos los amargos momentos vividos y celebrar el amor por encima de todo con una fiesta inolvidable.

Al regresar de mi luna de miel, mi madre me propuso hacerme cargo del bar porque mis abuelos necesitaban que ella se los llevara a vivir a casa y no podía tirar para delante con todo. Yo quería centrarme en sacarme la carrera de Psicología, a pesar de mis miedos iniciales, llevaba un buen ritmo de estudio y me sentía motivada para sacarme la licenciatura. Pero tampoco quería dejar pasar la oportunidad de hacerme con un negocio rentable que me iba a permitir ganar el dinero que necesitaba para más adelante hacer realidad el restaurante soñado de mi marido. Y a la vez, estaría ayudando también a mi madre y a mis abuelos. Así que acepté. Me levantaba a las 4 de la mañana para abrir el bar. Después llegaba el personal para los desayunos y tras los almuerzos, aprovechaba para hacer las tareas de gestión. Supervisaba también el servicio de las comidas y el cierre, así que llegaba a casa sobre las 4 de la tarde para ponerme a estudiar. Tenía 26 años y podía con eso y más. Era la época de la burbuja inmobiliaria y se hacía mucho dinero en la hostelería, pero el ritmo era frenético. En medio de aquello me quedé embarazada. Estuve trabajando hasta el final, pero me las arreglé para atarlo todo bien atado y tomarme un año sabático para disfrutar de la maternidad. Así que le cedí la responsabilidad del negocio a mi hermano. Fué una de las mejores decisiones que tomé en la vida, a pesar de que casi nos cuesta la ruina a toda la familia. La maternidad me sentó tan bien, que pronto volví a quedarme embarazada y ese año sabático se convirtió en casi tres. Mi hermano no lo estaba haciendo del todo bien con el negocio y a mi madre no le quedó más remedio que volver a tomar las riendas, yo antepuse mi tranquilidad y la de mis hijas al trabajo y me las ingenié como pude para salir adelante con el sueldo de mi marido mientras acababa la carrera. Agoté mi prestación y no recibía nada del negocio, fui demasiado generosa por volverlo a ceder a la familia sin pedir nada a cambio. Yo estaba feliz en casa, cuidando de mis hijas y sacando adelante mis estudios. Pero mi marido empezó a sentirse mal en el trabajo, estaba estancado, su propósito había perdido sentido y solo quería poder pasar más tiempo conmigo y con las niñas. Le ofrecieron dirigir la cocina de un nuevo restaurante en mi ciudad, y acepto. Un proyecto empresarial muy ambicioso que tuvo un éxito inicial increíble. Pero la burbuja inmobiliaria estalló y todo empezó a desmoronarse. Los dueños del restaurante de mi marido eran empresarios de la construcción y de pronto se vieron con un montón de ladrillo sin poder vender y un restaurante que era un saco roto. Dejaron de pagar facturas a los proveedores, a la Seguridad Social y finalmente a los empleados. Nunca tuvimos capacidad de ahorro, y después de que yo dejara de trabajar para cuidar de mis hijas, a penas sobrevivíamos. Entonces entendí que tenía que renunciar a mi comodidad y empezar a moverme, había llegado la hora de volver a trabajar, aunque estaba confundida y no sabía por dónde empezar. Necesitaba una señal, una poco de luz, una salida a aquella situación y la deseé con todas mis fuerzas, sintiendo que no tardaría en llegar. Y así fue. Un domingo, tras una comida familiar, mi madre me dijo “Maribel, llevas más de dos años en casa, has criado a tus hijas maravillosamente bien y yo he hecho lo posible por que el bar siga adelante. Están despidiendo a gente de su trabajo cada día y cerrando empresas. Aquí en el bar todavía hay posibilidad de negocio y tu hermano no lleva un buen plan, yo no puedo con él ni tengo las ganas ni las ideas que tu tienes. Tu marido y tu necesitáis un trabajo y tus abuelos me necesitan a mi. ¿Por qué no os quedáis el negocio vosotros? Tendréis la libertad que queréis y podréis disfrutar de las niñas y estar juntos” ¿Que creéis que hice? No era el negocio de nuestros sueños, y mi marido pasaría de haber trabajado en un hotel de 5 estrellas a servir el menú diario de un bar de carretera, pero en ese momento teníamos dos niñas pequeñas y una hipoteca, así que el estatus era lo de menos. Decidimos darle nuestro enfoque al negocio, un lavado de cara y ponerlo en el mapa gastronómico de la ciudad con una oferta sencilla y tradicional, pero de calidad. Perdimos clientes de toda la vida, y aunque ganamos otros que entendían lo que hacíamos, los resultados no fueron tan buenos como esperábamos. De aquella aprendí algo muy importante “Si un negocio funciona tal cual es, no cambies nada”.  Empecé a tener discusiones cada dos por tres con mi marido, mi energía empezó a caer, cuando llegaba a casa no tenía fuerzas para nada, tuve que dejar los estudios porque la presión del negocio me impedía concentrarme y lo peor de todo, no estaba disfrutando de mis hijas, me había vuelto una histérica desquiciada. De repente me vi a mi misma siguiendo todos los pasos de mi madre, haciendo todas y cada una de aquellas cosas que yo odiaba de pequeña. Tenía que ponerle fin a esa situación de inmediato. Quería recuperar mi vida, ser feliz con mi marido y encontrar de una vez por todas mi esencia. Mis deseos fueron escuchados y Kundalini yoga llegó a mi vida.

Fue entonces cuando empezó la historia de amor más bonita que jamás tuve, la relación conmigo misma, con lo que yo soy. Podría estar horas, días, semanas, hablándote de todo lo que Kundalini Yoga me ha dado, pero no es ese mi propósito hoy. Puedes visitar mi blog Harchanan Kaur, donde comparto mi proceso abiertamente. Kundalini Yoga me puso del revés, le dio la vuelta a mi vida como un calcetín. Entendí que no hay nada fuera, que todo está dentro. Nuestros éxitos y nuestros fracasos son un reflejo de lo que hay en nuestro interior. Todos los que iniciamos un camino espiritual vivimos esa primera fase de explosión y apertura tan maravillosa en la que te crees que nada malo puede pasarte, que Dios está contigo en todo y para todo, no tienes más que pedirlo y se te dará. Pero luego aprendes que igual que subes, bajas, que como es arriba, es abajo. Que lo único que te acompaña siempre es el auto-concepto de ti mismo, y que este debe ser fuerte para no caer. Me propuse desarrollar y perfeccionar todas y cada una de las facetas de mi ser: la mente (entender su naturaleza, controlarla y ponerla al servicio de mi corazón), la comunicación (que fuera sincera, auténtica, y que expresase claramente mi propósito sin herir ni hacer daño a los demás), las relaciones ( entendí que existimos y somos quienes gracias a lo que proyectamos en los demás, aprendí a relacionarme desde la verdad del alma, sin esperar nada de nadie ni pretender agradar a los demás, simplemente para ofrecer lo mejor de mi a otros tal y como soy), la vitalidad (saber gestionar mi energía y utilizarla para dar lo mejor de mi siempre, saber cuando toca parar y cuando acelerar el paso)  el estilo de vida (empecé a sentir la necesidad de cambiar mis hábitos y vivir de acorde a mis nuevos principios, ser fiel a mis creencias, a mis ideales, vivir desde la excelencia y trabajar para alcanzar mi destino más alto).

El proceso de transformación no fue nada fácil. El primer cambio importante que hice en mi vida fue dejar el negocio familiar para emprender una nueva aventura empresarial junto a mi marido. Hice realidad el que era mi restaurante soñado, y hablo en primera persona porqué ahora me doy cuenta de que, aunque estábamos los dos juntos en el negocio, nuestra visión era muy distinta. De ahí nuestro fracaso. Invertimos hasta el último céntimo de nuestro dinero y nos metimos en otro préstamo. El principio fué durísimo, pero gracias a nuestra pasión, devoción y profundo amor por nuestro trabajo, pronto estábamos en boca de todos como el mejor restaurante de la ciudad. Los problemas surgieron a medida que yo empecé a sentir que no quería estar más allí. Me veía llevando el timón de un barco del que no era capitán. Mi marido era el chef, la verdad es que cocina divino y siempre fue la estrella indiscutible del lugar. Yo era la que llevaba la carga de todo lo demás. Y realmente así lo sentía, como una carga. Mi misión no era lucirme, si no hacer que el negocio funcionara, y eso pasaba por discutir con mi marido día si y día también a cerca de los costes y la gestión con las compras. No nos poníamos de acuerdo y yo entré en un estado de cansancio y tristeza muy profundos. Comencé a dar clases de yoga en el restaurante después del servicio de las comidas y decidimos dar cenas sólo el fin de semana. Esa fue mi tabla de salvación. Poco a poco yo fui disminuyendo mi presencia en el negocio a medida que mi proyecto de yoga iba creciendo, hasta que le planteé que se buscara un socio para el restaurante o que lo llevara él solo para poder emprender mi propia aventura en solitario.

Al principio no le pareció tan mala la idea y decidimos probar a ver que tal durante las vacaciones de verano. Yo me fuí casi tres meses al sur con nuestras hijas para aclarar mis ideas y empezar a ser yo misma. Fueron los mejores meses de mi vida en muchísimo tiempo. Allí si que podía ser yo simplemente y hacer lo que más me apetecía en el mundo, que era trabajar con mujeres. Formé un círculo, nos reuníamos cada semana, daba clases de yoga y shakti dance, empecé a moverme y sentí que allí había un lugar para mí. A su vez, mi marido me decía por teléfono que se había dado cuenta de que él era cocinero, no un hombre de negocios, y que no se veía capaz de llevar el restaurante sin mi. Los dos teníamos claro que, a pesar de lo mal que lo habíamos pasado,  queríamos seguir juntos. Nos planteamos la posibilidad de irnos a vivir al sur, pero había que hacer las cosas por partes y lo primero era volver a Barcelona a seguir trabajando en lo que ya teníamos mientras buscábamos la forma de traspasar el restaurante. Empecé a desear con todas mis fuerzas un milagro y no tardó en llegar, eso sí, de la forma más inesperada.

Mi marido cogió una infección muy grave de la que todavía hoy no conocemos las causas. Estuvo tres meses de baja, de los que se pasó mas de dos en el hospital. Yo no lo viví como una desgracia para nada, sabía en mi corazón que saldríamos de aquella. Para mi fue una bendición porqué ese fue el detonante que nos llevó a cerrar definitivamente el restaurante. Aquella situación era insostenible y yo me había cansado de pelear. La bendición de Dios no tardó en llegar y a mi marido le ofrecieron una oportunidad de trabajo a su medida.  Pero el restaurante no había manera de traspasarlo, todos nuestros ahorros estaban allí invertidos y no podíamos hacer frente a los pagos. Tuve que declararme en quiebra y una vez más ponerme a rezar con todas mis fuerzas para encontrar una salida. Mi oración fue escuchada y apareció alguien dispuesto a quedarse el negocio. Aquello acabaría con nuestra agonía económica y yo me entusiasmé tanto con la idea de liberarme de la carga, que me embarqué en un viaje en grupo a la India con mi escuela de yoga. El traspaso se cayó en el útimo momento antes del viaje, aunque eso no hizo más que darle un propósito mayor al mismo. Soltar, dejar ir, morir a lo viejo para empezar a vivir lo nuevo. Ese fue mi mantra durante aquellos días que sin duda marcaron un antes y un después en mi vida. Y como un milagro, a mi vuelta todo se solucionó y traspasamos el negocio, por fin!

Pensábamos que entre el sueldo de mi marido y los ingresos por mis clases de yoga, podríamos vivir tranquilamente. Pero siempre había algún imprevisto al que hacer frente que nos hacía llegar agonizando a fin de mes. Yo no quería basar mi vida en una lucha por la supervivencia, anhelaba de verdad encontrar la manera de vivir en plenitud y empecé a buscar. Estudié coaching, hice varios cursos online sobre marketing y liderazgo, investigué a cerca de los patrones mentales y descubrí grandes herramientas de sanación en la sabiduría ancestral, la sexualidad sagrada y la astrología. A medida que más avanzaba en mi sanación, más claro sentía que otro tipo de vida nos estaba esperando a mi y a mi familia. En medio de ese proceso despidieron a mi marido de su trabajo. Si, una vez más supe ver la oportunidad que se abría delante de nosotros en lugar de caer presa en el victimismo. Todo en esta vida sucede por algo y cuando una puerta se cierra, otra se abre. Tuve una visión clara de que había llegado el momento de dar el salto y salir de nuestra zona de confort. Animé a mi marido a poner su enfoque en el mercado internacional, había llegado la hora de abrirse al mundo. Y las primeras ofertas no tardaron en llegar. Tras varias entrevistas y dispuestos a empezar una nueva vida en cualquier lugar del mundo, el destino quiso que volviéramos al origen, al país natal de mi marido, Escocia. Y quiso que lo hiciéramos después de que cada uno de nosotros viviera su propio proceso  por separado. Él se fue sólo a Edimburgo y yo me quedé en Terrassa con las niñas.

Al quedarme sola me fascinó ver mi capacidad para poder llegar a todo. Mis clases de yoga empezaron a llenarse de alumnos, tuve que abrir nuevos grupos, a hacer talleres, empecé a tener más clientes en coaching y pude acompañar a personas en procesos maravillosos que me nutrieron muchísimo como profesional y como ser humano. Estaba poniendo en práctica todo lo aprendido en mis cursos y en mi investigación y estaba empezando a recoger los frutos. No sólo podía prescindir del sueldo de mi marido para hacer frente a los gastos de mi hogar, si no que además podíamos permitirnos algún que otro capricho ¡¡e incluso había logrado ahorrar!! Yo tenía muy claro que podía seguir haciendo lo mismo aunque cambiara de país, es más, lo estaba deseando. Me fascinaba la idea de poder empezar de cero con un destino totalmente fresco y nuevo delante de mi. Así que un día le dije a mi marido que empezara a buscar casa para poder mudarnos con él en las vacaciones de verano. Si no lo había hecho antes era porque veíamos que con su sueldo inicial no podíamos permitirnos el alquiler de una casa decente, y no queríamos arrancar a las niñas de su vida para llevarlas a otra peor. Pero en ese momento había conseguido un puesto de chef ejecutivo y con sueldo mayor en Aberdeen y podíamos hacerlo. Lo que no me esperaba escuchar era lo que él me dijo: “No sé si quiero que vengáis a vivir aquí. Tengo muchas dudas… Estoy bien aquí, pero creo que quiero estar sólo… Verás, tengo que decirte algo, he estado con alguien en Edimburgo. Siento algo muy bonito por esa persona y estoy muy confundido respecto a mis sentimientos hacia ti…..”

“Quéeeeeeee? ¿Coooóoommmmooooo diiceeeesssss? ¿Te has vuelto loco o qué coño te pasa?”  Fueron los días más amargos, duros e interminables que recuerdo en nuestros 17 años de relación.  Digerir aquello en la distancia fue muy duro, pero aceptarlo, entenderlo y perdonarlo fue sin duda un enorme proceso de sanación para mi.  Esta es la primera vez que cuento esto públicamente, sólo mis amigas más íntimas lo saben. Pero ya me cansé de dar la imagen de familia perfecta. No señores, no lo somos. Todos cometemos errores, todos tenemos debilidades y todos luchamos por conservar fervientemente aquello en lo que creemos, o aquello a lo que estamos más apegados. Y yo en aquel momento todavía creía en él, mejor dicho, en la imagen que tenía de él.  Fíjate que incluso llegué a pensar que yo había sido la culpable de aquella situación por dejarlo ir. Quedé cegada por el miedo, la rabia y la angustia. La idea de que mi marido no me quisiera y peor aún, el echo de que pudiera dejarme por otra, me paralizó.  De pronto dejé de perseguir mis sueños para centrarme en salvar mi matrimonio. Había podido comprobar que mientras más me acercaba a ese destino soñado, más me alejaba de él. Así que me volví en contra de mi misma. Pretendí vivir una vida de papel para la falsa satisfacción de mi familia. No empecé de cero en mi trabajo, si no que retrocedí 20 años atrás y acepté un empleo como recepcionista por un triste sueldo. Un trabajo del que me despidieron a los pocos meses de la forma más inesperada, insensata e incoherente que puedas imaginar. ¿Y sabes lo que aprendí entonces? Que eso  era precisamente lo que yo había hecho conmigo. Tomar la inesperada, insensata e incoherente decisión de renunciar a mis sueños por empeñarme en sacar agua de un pozo que ya no da agua.

¡Oh Dios mío, cómo me ha costado llegar a decir eso! Cuánto tiempo llevas enviándome señales, cuantos momentos duros me has hecho pasar, cuántas oportunidades me has dado para que tome esta decisión y no lo he hecho. Por eso no avanzaba, por eso no hacía más que dar vueltas como una peonza. Por fin entendí dónde está el respeto hacia mi misma, hoy decido servirme a mi y a mi destino más alto a través de mi trabajo y no al revés. Pues muchos nos perdemos en el afán de servir y ayudar a otros sin entender que el primer paso es estar alineado con nuestro propio proceso de evolución. No hay nada malo en tener sueños, deseos y ambiciones. Reconozco a la mujer visionaria y líder natural que hay en mi, he sido bendecida con unas cualidades únicas que debo emplear en manifestar mi verdadero destino, y precisamente esas cualidades son las que me separan de mi marido. Él es un conformista, yo una soñadora, él no tiene ningún tipo de deseo, yo me muevo desde ahí, el prefiere la comodidad, yo el riesgo, el dice que está cansado y yo siento que estoy empezando a vivir. No nos hemos separado, aunque nos planteamos hacerlo, seguimos viviendo juntos en Escocia mientras permitimos que todo se arregle siguiendo su propio curso natural. Simplemente actuando desde lo que verdaderamente sentimos, respetando y  aceptando del espacio sagrado de cada uno.

En este momento, toda mi fe, mi pasión, mi devoción y mi esperanza están puestas en Dios y en mi trabajo, porque precisamente mi trabajo es lo que me permite desarrollar la mejor versión de mi misma. Ya me cansé de dar sin esperar nada a cambio. ¿Por qué si no hay esperanza, que nos queda?  Y pongo mis intenciones detrás de cada acción, por supuesto que si, porqué si no estarían vacías de propósito. Espero tocar corazones y encender fuegos, evitar a otras caer en los mismos errores que yo he caído, o por lo menos haceros ver que los estáis cometiendo para poder salir de ahí lo antes posible. Lanzar un mensaje de esperanza y de fe en la voluntad divina para que cada una de nosotras manifieste su destino, y que lo único que se requiere es una visión clara a cerca de cuál es tu propósito de vida. El resto del proceso lo irás desarrollando mágicamente una vez emprendas el camino correcto.

Eso es lo que yo entiendo cuando miro hacia atrás a través de mi historia. Todas y cada una de las situaciones vividas no han sido más que oportunidades de auto-conocimiento para reconciliarme con mi misma y con lo que en realidad soy. Una mujer visionaria, líder, valiente e invencible que ha entrado en el flujo divino de lo que es vivir la vida desde el espacio sagrado de nuestra verdad infinita. Y eso es lo que quiero para ti también.

¿Me acompañas en este viaje?

 

 

 

 

 

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